Hay algo que pocas veces se dice al comenzar una celebración como esta: el 25 de mayo de 1810 y el 14 y 15 de mayo de 1811 están separados por apenas un año. Argentina y Paraguay no nacieron en épocas distintas. Nacieron prácticamente al mismo tiempo, enfrentaron desafíos históricos similares y formaron parte del mismo proceso sudamericano que transformó el destino de nuestra región.
Que hoy nos reunamos aquí, más de dos siglos después, para celebrar juntos uno de esos aniversarios no es solo un protocolo diplomático. Es, en cierto modo, la continuidad natural de una historia compartida que comenzó en este mismo mes de mayo, hace más de doscientos años.
Para toda la Embajada Argentina es una genuina satisfacción compartir este festejo junto a compatriotas, autoridades paraguayas, representantes del cuerpo diplomático y amigos del Paraguay. Y, a dos años de haber iniciado mis funciones como Embajador en Paraguay, quisiera expresar también la enorme responsabilidad que representa trabajar cotidianamente en el fortalecimiento de una relación bilateral que posee una profundidad histórica excepcional en América del Sur.
Para mí es también un doble desafío esto de ser Embajador en medio de la relación entre dos de mis amigos que tienen cada uno un proyecto de grandes responsabilidades con muchas coincidencias: Milei revirtiendo un proceso de insignificancia muy arraigado en las oscilaciones económicas que han degradado a la Argentina en las últimas décadas, y Santiago Peña impulsando a Paraguay como una de las economías más interesantes de la región para avanzar económica y socialmente, acelerando la búsqueda del tiempo perdido.
Pero volviendo a nuestros orígenes, Buenos Aires y Asunción formaron parte de ese gran escenario político que comenzó a redefinir el destino de nuestra región a comienzos del siglo XIX. La crisis de la monarquía española como resultado de la agresión napoleónica abrió en las élites de los distintos pueblos de América un profundo debate sobre el origen y el ejercicio de la autoridad, afirmándose progresivamente la idea de que, ante la ausencia del monarca legítimo, la soberanía debía retrovertirse a los pueblos.
Cada nación recorrió luego su propio camino. Paraguay lo hizo de manera temprana, consolidando un proceso singular de organización nacional. En el caso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la revolución iniciada el 25 de mayo sentó las bases de la construcción política que culminaría en la Declaración de Independencia de 1816. Distintos recorridos, pero un mismo punto de partida: la convicción de que los pueblos tenían derecho a decidir su propio destino.
Los procesos emancipadores no sólo dieron origen a nuestros Estados nacionales. También dejaron una temprana conciencia de interdependencia regional que continúa proyectándose hasta nuestros días.
Desde entonces, lo que une a la Argentina y al Paraguay ya no se mide en campañas ni en tratados solemnes. Se mide en la vida cotidiana de millones de personas.
Pocas relaciones bilaterales en América del Sur poseen una dimensión humana tan profunda como la que existe entre la Argentina y el Paraguay. No se trata solamente de historia compartida o de integración económica: se trata de familias que tienen una parte en cada orilla, de personas que cruzaron una frontera para estudiar, para trabajar, para construir una vida, y que llevan consigo los dos países al mismo tiempo. Se trata también de un lazo cultural anterior a cualquier tratado: el guaraní, idioma del Paraguay y lengua viva del nordeste argentino, es quizás el vínculo más profundo entre nuestros pueblos, uno que ninguna estadística puede representar del todo.
Los números, sin embargo, dan una idea de la magnitud de nuestros lazos. Según el Censo Nacional argentino de 2022, más de 522.000 personas nacidas en Paraguay residen en la Argentina: la colectividad extranjera más numerosa de nuestro país. Esta cifra aumenta considerablemente si se toman datos del Registro Nacional de las Personas (RENAPER). Y el Censo paraguayo del mismo año registra más de 65.000 argentinos viviendo en Paraguay: la comunidad extranjera más numerosa del país. Por el momento, en ambas direcciones, somos la primera comunidad del otro. Ese dato, tan simple como extraordinario, no tiene equivalente en casi ninguna otra relación bilateral en América del Sur.
Esa intensidad humana se refleja también en la dinámica cotidiana de nuestras fronteras. Solo en el Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz, que une Posadas y Encarnación, se registraron durante el año pasado más de 10 millones de cruces, con un promedio de casi 28.000 personas por día, lo que lo consolidó como el segundo paso fronterizo más transitado de la Argentina, (según datos del Sistema Integrado de Gestión de Barreras (Fronteras, Aeropuertos y Tránsito Federal)). Cada uno de esos cruces es una historia: alguien que trabaja de un lado y duerme del otro, que tiene su familia aquí y su trabajo allá, o que simplemente eligió construir su vida en el espacio de encuentro entre dos países.
Por ello, avanzar hacia una infraestructura más moderna, procesos más ágiles y sistemas de control integrados no es solo una cuestión logística: es una forma concreta de facilitar la vida de cientos de miles de personas que cruzan esa frontera como parte de su rutina diaria. En ese marco, valoramos especialmente los avances en materia de reconocimiento recíproco de competencias y de mecanismos de control migratorio unificado implementados recientemente en pasos estratégicos entre ambos países.
Esa agenda de conectividad humana se vincula naturalmente con una agenda más amplia de integración física, energética y económica que hoy constituye uno de los ejes más dinámicos de la relación bilateral.
En materia de infraestructura, proyectos como el futuro puente entre Pilar y Colonia Cano y las iniciativas de mejora en el área Clorinda–Puerto Falcón muestran que aún existe un amplio margen para profundizar la integración física entre ambos países.
En una dimensión regional más amplia, el Corredor Bioceánico Vial representa una de las iniciativas de infraestructura más significativas actualmente en desarrollo en América del Sur: su concreción vinculará de manera más eficiente a nuestros países con los mercados del Atlántico y del Pacífico, generando nuevas oportunidades para toda la región. A través de ese corredor, la conectividad entre nuestros países adquiere una relevancia estratégica creciente para la participación sudamericana en cadenas globales de valor.
La Hidrovía Paraná–Paraguay es otro de esos activos que solo se comprenden en su verdadera dimensión cuando se piensa en la importancia de lo que mueve: granos, minerales, combustibles y contenedores con bienes terminados.
La producción de vastas regiones de Argentina, Paraguay, Brasil, Bolivia y Uruguay fluye hacia los mercados del mundo a través de miles de kilómetros de agua interior. Como uno de los principales corredores logísticos de América del Sur, su funcionamiento eficiente depende de la estabilidad normativa, de la previsibilidad operativa y la coordinación entre los países que integran el sistema. Preservar y fortalecer esa vía navegable es una responsabilidad compartida que Argentina y Paraguay asumen con plena conciencia de su importancia estratégica.
En este último tiempo, la Hidrovía ha cobrado una nueva relevancia regional, lo cual se debe al esfuerzo conjunto que se está realizando en los distintos países que atraviesa. Los trabajos de desroquización en el tramo paraguayo, las proyecciones de la licitación del tramo brasilero y la licitación en curso del tramo argentino son una muestra del objetivo común de nuestros países que pretenden cambiar el perfil logístico de América del Sur, dando una salida al mar con previsibilidad y seguridad a importantes zonas productivas mediterráneas.
En el plano energético, la Central Hidroeléctrica Yacyretá y la Entidad Binacional que la gestiona ocupan un lugar muy importante en el vínculo entre ambos países. A más de cincuenta años de la firma del Tratado, Yacyretá sigue siendo una de las experiencias más relevantes y perdurables de cooperación binacional en América del Sur: una infraestructura construida sobre la convicción de que hay cosas que solo se pueden hacer juntos.
Las turbinas de la Central generan electricidad para millones de hogares en ambos países; los avances vinculados a Aña Cuá que es una importante ampliación de la central hidroeléctrica y las obras de modernización en estudio son expresiones concretas de que esa cooperación no se detiene. La responsabilidad que recientemente me fue confiada como representante de la Cancillería Argentina ante la EBY refleja la importancia que Argentina atribuye a este activo estratégico compartido y al fortalecimiento de sus mecanismos de gestión institucional.
La agenda energética comprende, además, nuevas perspectivas vinculadas a la integración gasífera regional, esto es, la posibilidad de abastecer de gas natural argentino a Paraguay y a Brasil a través del gasoducto Trans-Chaco, que correría en paralelo a la bioceánica, actualmente bajo análisis, lo que abre oportunidades relevantes para la seguridad energética y el desarrollo industrial del Cono Sur, una nueva forma clave de complementariedad entre nuestros países.
En el plano económico y productivo, el dinamismo de la relación bilateral es igualmente notable. Numerosas empresas argentinas han profundizado su presencia en Paraguay en sectores como la agroindustria, la logística y los servicios. La tarea incesante de la embajada con misiones comerciales, rondas de negocios y el armado de espacios de articulación empresarial reflejan un interés sostenido en ampliar esos vínculos. Instituciones con presencia histórica en Paraguay, como el Banco de la Nación Argentina, siguen desempeñando un papel relevante en el financiamiento del comercio bilateral.
Y el trabajo de las cámaras empresariales es cada vez más importante para la promoción del comercio, las inversiones y la cooperación productiva. En particular, cabe destacar el trabajo que realiza la Cámara de Comercio Paraguayo-Argentina para fortalecer el entramado empresarial binacional.
En ese contexto, la presidencia Pro-Tempore del MERCOSUR que ejerce el Paraguay durante el semestre que pronto culmina representa una oportunidad valiosa para continuar impulsando una agenda regional orientada a la conectividad, a la facilitación del comercio y al fortalecimiento de los vínculos económicos sudamericanos. Quisiera destacar especialmente el papel que Paraguay ha desempeñado en la ratificación del acuerdo entre el MERCOSUR y la Unión Europea, completando ese proceso en tiempo récord y contribuyendo de manera decisiva a la entrada en vigor del mayor acuerdo comercial de la historia del bloque. Argentina valora profundamente ese liderazgo, y el papel que el Paraguay viene desempeñando en la construcción de una agenda regional pragmática, orientada al desarrollo compartido.
Antes de concluir, quisiera expresar un especial agradecimiento a la Orquesta de la Policía Nacional del Paraguay y a los músicos de la Banda de la Fuerza Aérea Paraguaya, cuya participación jerarquiza esta celebración y refleja, una vez más, los profundos vínculos de amistad y cooperación de carácter cotidiano con esas instituciones.
Deseo agradecer también a las empresas que acompañan la realización de este encuentro, así como a aquellas que hoy participan con sus espacios y stands institucionales, contribuyendo a dar visibilidad al trabajo conjunto y a los múltiples vínculos que unen a la Argentina y al Paraguay.
Del mismo modo, quisiera reconocer especialmente a las provincias y ciudades argentinas que auspician el segmento turístico de esta celebración, acercando también parte de la diversidad cultural, productiva y turística de nuestro país al público paraguayo.
Permítanme terminar con algo que forma parte de mi experiencia cotidiana en este cargo.
Cuando pienso en lo que significa la relación entre la Argentina y el Paraguay, no pienso en acuerdos ni en cumbres.
Pienso en las turbinas de la Central Hidroeléctrica Yacyretá girando a ambos lados de un río que no sabe de fronteras, generando energía para familias y empresas argentinas y paraguayas.
Pienso en los camiones que muy pronto van a recorrer el Corredor Bioceánico, abriendo para este país mediterráneo y para nuestras provincias del norte una salida al mundo.
Pienso en los más de 15.000 cruces diarios del puente entre Posadas y Encarnación en pocos años más, en los granos que bajan por una Hidrovía más grande que la actual hacia los puertos del mundo, en las empresas argentinas que encuentran en Paraguay un socio y un mercado, y en los inversores paraguayos que hacen lo propio del otro lado de la frontera.
Pienso en los jóvenes que estudian en universidades del otro país, en los trabajadores que mandan remesas a sus familias, en los hijos que crecen hablando guaraní y español como si fueran una sola cosa, porque ambas lenguas sirven a la comunicación plena
Todo eso es la integración. No la que se firma en los salones, sino la que se vive todos los días.
Doscientos dieciséis años después de aquel mayo de 1810, y doscientos quince después del mayo paraguayo de 1811, Argentina y Paraguay siguen demostrando que los pueblos que deciden construir juntos llegan más lejos que los que caminan solos.
MUCHAS GRACIAS

